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Amanda,
mucho ruido y pocas nueces
JOSE ANTONIO EVORA
El Nuevo Herald
Amanda,
de Giovanny Cruz, vendría siendo a la dramaturgia
dominicana lo que para la cubana representa María
Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa.
El denominador común está en el
peso de los cultos vudú y yoruba --respectivamente--
en la vida de dos perlas del marginalismo, pero
las semejanzas no van mucho más allá
de eso. La obra del autor dominicano fue presentada
bajo su dirección por la compañía
que lleva su nombre en el XVII Festival Internacional
de Teatro Hispano, clausurado el domingo luego
de dos semanas de funciones en salas del sur de
la Florida. Es la historia de una mujer que, incapaz
de resistirse a los ecos del atabal (la tumbadora),
deja a su esposo y se fuga a Haití con
el negro Antonio en busca del único brujo
que podrá librarla de los castigos de Candelo
Sedifé, un luá del panteón
vudú (equivalente al orisha en el yoruba)
a quien había ofendido. Lo demás
es persecución, venganza, muerte y reconciliación
aderezadas con mucha música de tambores
y enigmáticas voces en off. |
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Con
semejante asunto, y tratándose de una pieza
de teatro dramático, la expectativa es ver
de cerca y desnudos algunos espíritus de la
cultura popular encarnados en unos pocos y recios
personajes. Aunque primordial, el papel del ambiente
no debe impedir que la obra les descubra al menos
una parte esencial, y que su historia sea una cápsula
bien provista del paisaje humano donde habitan.
En
Amanda, sin embargo, varios tipos emblemáticos
de ese mundo se asoman fugazmente a la vista del espectador
como si sólo fueran camino a --o vinieran de--
un vodevil folclorista. Unicamente el del padre Raúl,
presa de la confusión originada por dos poderosas
fuerzas en conflicto --educación monoteísta
en la iglesia católica vs. prácticas
animistas en la vida cotidiana--, toca la sordidez
por el lado humano, y eso en apenas dos escenas muy
desiguales.
Desde
el principio, Cruz invierte demasiado tiempo en los
prolegómenos de una ceremonia religiosa cuya
potencial intensidad se disipa ante tanto escarceo.
Si se contaran las acciones una por una, y se distinguieran
las que de veras aportan algo sustancial al relato
dramático de los meros regodeos decorativos,
estos últimos cubrirían por lo menos
un 70 por ciento de la obra, sin que el 30 por ciento
restante quede libre de reproches.
Me
pregunto por qué personajes como los de Amanda,
su esposo Aridio y el negro Antonio, en quienes se
adivinan una pujanza, unos instintos irrefrenables
y una energía propias de la juventud, son encomendados
por Cruz a actores que ni tienen ese vigor ni algún
talento especial que justifique el anacronismo. He
visto actrices maduras descollar en papeles de jovencitas,
pero éste no es el caso. Si la razón
del director para hacerlo es que se trata de los integrantes
del grupo fundado por él mismo hace ya casi
30 años y, por alguna razón, prefiere
no usar actores invitados, convendría que pusiera
el repertorio en función exclusiva de los de
su compañía.
Hay
también mucha hojarasca en las actuaciones.
Las carcajadas forzosas del personaje de Antonio,
y la danza torpe que ejecutan él, Aridio, Hinojosa
y Leocadio en las escenas de enfrentamientos, llegan
a inspirar más espanto que las armas que blanden.
La medium está más poseída por
raptos de histeria que por un espíritu. Y las
dos veces que Amanda grita ''¡Me quedo con el
atabal!'', uno piensa que
debería haberse quedado en su casa.
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