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Manifiesto
Anti-Teatral
"Oh,
si esta tan tan sólida
carne pudiese derretirse,
deshacerse, y disolverse como
el hielo; o si el Eterno no
hubiese fijado su ley contra
el suicidio... ¡Oh Dios,
Dios! ¡Qué aburridas,
insípidas, sosas e
inútiles me parecen
todas las costumbres de este
mundo! ¡Qué asco!
¡Oh, qué asco!
Es un jardín lleno
de rastrojos, donde crecen
malas hierbas, y productos
groseros y de vulgar calaña
gozan de él por entero.
Que se haya tenido que llegar
a esto..."
(HAMLET. Acto.I, Esc.2).
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El teatro ha dejado de ser arte (¿pero
lo fue alguna vez?). Las exigencias
del llamado "teatro profesional"
son diametralmente opuestas a las
exigencias de lo que podemos entender
como "arte". La experimentación,
la investigación y la vocación
de búsqueda no tienen ningún
interés en un medio dominado
por las leyes del mercado, por la
oferta y la demanda. Más aún:
son claramente un estorbo.
El culmen de esta situación
son las llamadas "Ferias de teatro"
(que igualmente podrían ser
ferias de ganado o de alpargatas,
da lo mismo), donde todo se vende
y se compra... Todo. No estamos en
el terreno del arte, sino ante un
auténtico mercado de carne
humana, una denigrante feria de ganado
teatral. Bajo la piel de cordero se
esconden lobos; los teatreros con
pose de hippies, bohemios y "artistas"
no son sino puros especuladores, comerciantes
que se prostituyen por un plato de
lentejas, que venden sus almas, cual
Faustos modernos, por un puñado
de bolos. Da igual lo que vendas,
eso es lo de menos: lo importante
es vender. O estás en el juego,
o no eres profesional.
La figura del programador es de las
más patéticas que existen:
seres prepotentes e incultos, al que
no les gusta el teatro (o son teatreros
frustrados), putos funcionarios que
aprovechan su situación de
poder para emborracharse y petardear,
sin criterios, sin visión de
la vida, del arte o de la cultura,
mercenarios vomitivos... Los criterios
de los programadores demuestran en
qué niveles nos movemos y la
capacidad intelectual de tales individuos:
no se valora un espectáculo
desde un punto de vista teatral (propuesta,
puesta en escena, dramaturgia, rigor
en el trabajo, riesgo, trabajo actoral,
técnica...); no, por Dios,
¡qué tontería!,
sino desde un punto de vista, llamémosle
"social"; es decir, lo graciosos
que son sus componentes tomándose
una cerveza, el poder de persuasión
que se tenga para convencer a un programador
que, evidentemente, carece de criterios
propios para decidir qué espectáculo
es más interesante o idóneo,
el número de talla de sujetador
que gaste la distribuidora de la compañía,
y lo bien que lo luzca bailando y
rozándose con el susodicho
individuo... Aunque la figura del
teatrero que se arrastra ante ellos
es doblemente patética y dolorosa.
Esta gente ha convertido el teatro
en una mierda, en un lugar de prostitución,
donde es prácticamente imposible
encontrar un trabajo honesto y sincero.
Sólo hay personas vendiendo
su alma una y otra vez, ratas de cloaca,
arrastrándose, prostituyéndose,
revolcándose en la mierda,
sin ninguna dignidad ya.
El espectáculo al que se asiste
en estas ferias es bochornoso: programadores
que lo único que buscan es
emborracharse y divertirse, compañías
persiguiendo a programadores a costa
de lo que sea (a cualquier precio),
amiguismos (¿qué decir
de las mafias del teatro?), especulación...
La vergüenza y la impotencia
es brutal. El cinismo llega a extremos
increíbles cuando nadie niega
la situación que allí
se representa, y asumen determinadas
afirmaciones con una prepotencia y
una sabiduría de la que obviamente
carecen. Frases como: "Si quieres
investigar y experimentar vete a tu
casa, el teatro profesional es otra
cosa". Lo peor, lo más
terrible, es que es cierto: esto es
una pura industria, un puro negocio...
Todo ello, como no, aderezado con
el constante petardeo de los teatreros,
que siempre tienen que "significarse"
y demostrar lo divertidos que son.
Vergonzoso. Es un auténtico
burdel, que lo único que provoca
es repugnancia y asco. Uno siente
ganas de vomitar ante tanta mierda.
Yo siento que no pertenezco a ese
mundo, que no tengo nada que ver con
esa gente. Ése no es el teatro
que yo quiero y siento. No me gusta.
No me interesa.
¿Y dónde queda el arte?
(Pregunta estúpida e ingenua
donde las haya). Evidentemente, a
nadie le importa. El arte ya no existe
como experiencia estética o
camino de conocimiento del mundo.
Ha sido engullido también por
la sociedad en la que vivimos, que
lo ha convertido en productos light,
envueltos en un enorme lazo estético
que nos haga sentirnos "cultos"
ante los convencionalismos más
vulgares. El arte ha sido domesticado
y convertido en aquello que llamamos,
de forma tan general e imprecisa,
"la cultura", es decir,
lo establecido como correcto, estético,
"bueno"... Y quiero dejar
claro que aquí no estoy hablando
de calidad: hay obras de arte muy
malas y productos comerciales muy
buenos, y debe haber cabida para todos.
El problema surge cuando algo que
es esencial se da de lado, se aparta,
desaparece. ¿A costa de qué?
De nuestras almas.
No hay cabida para el arte en el teatro.
La "Propuesta Artística"
surge de una necesidad vital, de una
búsqueda, de una lucha, de
un inconformismo con la vida y el
arte... Al artista le mueve el riesgo,
y necesita enfrentarse a retos que
le superen, a proyectos mayores que
él, en un afán de superación
artística y humana. No teme
al error, porque es parte del proceso
de la vida, porque lo que busca no
es dar respuestas ni mensajes, sino
aprender, entender un poco mejor el
mundo y la vida. La propuesta artística
se centra en el proceso, no en el
resultado (como ya dijeran Stanislavsky
o Grotowski), en el riesgo, la búsqueda,
la imperfección... Es una obra
abierta, no cerrada, no terminada...
Al contrario que el "Producto
Profesional". Ya el nombre define
el concepto: es un producto, es decir,
algo terminado, cerrado, útil,
industrial, vendible (inevitable dentro
de un mercado)... Se busca un resultado
claro, algo "perfecto",
del mismo modo que el tornillo y la
tuerca tienen que ser perfectos para
poder encajar y ser útiles.
No interesa el proceso, sino el resultado.
La elección del proyecto se
toma por conveniencia y por estrategia
comercial, no por necesidad vital.
Hace lo que la gente espera de él,
y sus sorpresas no son tales: están
calculladas y previstas (aunque se
sea Rodrigo García). Piensa
su producto en función del
mercado, y eso es lo que marca su
creación: "lo que debe
hacer", según los criterios
del "tejido profesional".
No nos engañemos: estos productos
pueden ser muy estéticos, muy
"cultos"... Pero forman
parte de la misma maquinaria comercial
que otros menos elaborados visualmente.
En el fondo, como producto, es lo
mismo Lina Morgan que La Fura dels
Baus.
El problema es que la gente de teatro
no sabe nada de teatro, de arte y
de la vida. No saben quiénes
son Gordon Craig, Vatjangov o Grotowski,
no saben quiénes son Umberto
Eco, Duchamp, Pollock... Es decir,
no saben nada de los conceptos surgidos
en el siglo XX sobre la obra de arte
como obra abierta, ni saben nada de
literatura, pintura, música,
cine, escultura, etc... Tener un compromiso
serio y riguroso con el arte y con
la vida suena como algo insultantemente
ingenuo. Se entiende perfectamente,
tras pasar por una feria teatral,
la coherencia absoluta en el gesto
de Grotowski de abandonar el teatro
y centrarse en el parateatro.
Quizás haya que volver a las
catacumbas, a hacer teatro real en
la clandestinidad, para dos personas
que se juntan a vivir un instante
único, un ritual que transforma
sus vidas, que transgrede y agrede.
Una vuelva a un sentido moral y espiritual
del arte, a un artista comprometido
y auténtico (de nuevo palabras
pasadas de moda, lo sé; seguimos
siendo ingenuos, lo sé). Me
niego a doblegarme ante la estupidez
y el cinismo. Hay que buscar, hoy
más que nunca, nuevas vías,
nuevos cauces, nuevos caminos, alejados
de "tejidos" e "infraestructuras
profesionales", recuperar un
lenguaje artístico y vital,
rebelarse contra la imposición
monolítica y unipersonal de
las instituciones públicas
y privadas llevadas por los cabezacuadradas
que manejan el cotarro. Luchar, luchar,
luchar... Unirse al grito desesperado
e inútil del genial Leo Bassi:
"¡Hasta los cojones!"
Aunque no se consiga nada. ¿Para
qué? Para vivir, para no ser
vencidos y engullidos, para no ser
un simple vegetal con patas que "hace
como que actúa", pero
que está muerto.
Como le escuché decir a alguien
hace poco: España no es un
país de Quijotes, por mucho
que quede muy bien decirlo. No es
un país de idealistas, de místicos,
de personas que luchan hasta la locura
por una visión moral del mundo...
Es un país de Sanchos: de pragmáticos,
de cobardes, de personas que sólo
quieren llenar su panza, y les importa
un carajo mirar más allá.
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Teatro en Miami
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