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José Sanchis Sinesterra

LA DRAMATURGIA SE ESTÁ REVITALIZANDO COMO TEATRO DE TEXTO
Para José Sanchis Sinesterra ya pasó la época del teatro del imperio del director

En España, Latinoamérica y alguno que otro país europeo, se está produciendo una revitalización de la dramaturgia entendida como teatro de texto, como ese que el dramaturgo construye en la soledad de su gabinete, aunque lo pueda poner en confrontación con los actores en una etapa posterior.

Este es el sentir de uno de los dramaturgos españoles más importantes de los últimos años y que en México es llevado a escena en forma constante: José Sanchis Sinisterra. El maestro se encuentra en nuestro país impartiendo un taller sobre dramaturgia en el Centro Universitario de Teatro y concedió una entrevista exclusiva para Skene.

Precisó que no se considera un gran dramaturgo, sino que tiene la suerte de que aquí tiene muy buenos amigos que conocen su teatro y les gusta representarlo, pero sólo es uno más de su generación.

Para Sanchis Sinesterra, aunque en México no fue tan evidente como en otros países, hubo todo un movimiento, a finales de los sesenta, los setenta y parte de los ochenta, en que el texto dramático, la dimensión literaria del hecho teatral, estuvo considerado como un vestigio de un teatro anacrónico y fue una época de la expresividad corporal, del teatro de grupo, de lo que él denomina el imperialismo del director.

"El teatro escenográfico dentro de lo cual el texto era una especie de epifenómeno material residual, que los directores o los grupos utilizaban al servicio, no de lo que el texto quería decir, sino de su propio proyecto creativo que se operaba desde la escena".

Sin embargo, insistió, esto se dio mucho en algunos países europeos y algunos latinoamericanos, pero no en México, al menos no en forma tan marcada, porque desde su perspectiva la literatura dramática mexicana mantuvo un prestigio dentro de lo que llama el sistema teatral, gracias a dos o tres generaciones de autores que no se dejaron amilanar por la apoteosis de lo audiovisual.

En los países donde el imperio del director se dio en plenitud, hacia finales de los ochenta y principios de los noventa, se puede decir que, después de una travesía por el desierto, resurgió la dramaturgia, claro que con características diferentes a la de los cincuenta o sesenta.

Sanchis no se siente en condiciones de dar lecciones sobre dramaturgia, sin embargo dijo que compartiría con sus colegas mexicanos cuáles son los requerimientos de la nueva dramaturgia.

Esta se resume a una cierta renuncia a un teatro excesivamente construido desde la racionalidad del autor; ese en que al autor sabe con exactitud lo que quiere decir, crea con perfección a sus personajes, despliega con maestría los avatares de la trama, distribuye la palabra a los personajes con propiedad, lo que se llama el modelo de la obra bien hecha.

Cree que se debe renunciar a esto, porque es un modelo dramatúrgico que no corresponde ya, ni a la realidad caótica, incierta y ambigua del mundo en que vivimos, ni tampoco responde a la nueva percepción que los espectadores tienen de la realidad.

"Se están produciendo cambios en los mecanismos receptivos de lo que llamamos público y no podemos seguir sirviéndoles un teatro logocéntrico; un teatro donde la racionalidad y el autor lo gobiernan todo, y por lo tanto el texto y la palabra tienen el dominio absoluto del significado".

Para Sanchis, se deben buscar textos con claro-oscuros, con sombras, con incertidumbres, con huecos, con enigmas, para que el receptor coopere, para que la gente sea una especie de cómplice del espectáculo, si el director mantiene los enigmas e incertidumbres para que se reactive la capacidad indagatoria del público.

"Creo que estamos en una sociedad que tiende a convertirnos en ciudadanos pasivos, a uniformar pensamientos y una lectura única de la vida. Creo que el teatro debe combatir esa tendencia al pensamiento único y unívoco, y despertar el sentimiento de la sospecha; obligar, al menos invitar, a los ciudadanos a desconfiar, en definitiva a descodificar".

En este sentido, para él la dramaturgia debe permitir que el espectador se plantee preguntas, dudas, y asuma un poco, sino el carácter opaco, si al menos el carácter traslúcido de la realidad.

Esto tiene manifestaciones técnicas muy concretas sobre la noción de acción dramática, la noción de personaje, la propiedad o impropiedad de la palabra por parte de éste, que a Sanchis en lo particular le encanta discutir con sus colegas.

Sanchis consideró que se debe evitar caer en las dicotomías y buscar las zonas fronterizas, esto es, el dramaturgo debe proponer una estructura de acciones, de situaciones de personajes, con amplios campos de indeterminación, con zonas indeterminadas, para que el espectador las complete desde su propia sensibilidad e ideología.

"Es un encuentro, lo esencial se da en el entre, no en lo que el autor impone o en lo que el espectador reclama, sino en el terreno de las transacciones".

Desde que Sanchis vino a México, en 1990, con la puesta en escena "El retablo del dorado", dirigida por el mismo, hasta la fecha, consideró que en este lapso su dramaturgia ha sufrido algunos cambios, que en realidad no debería él ser quien asumiera el juicio.

Sin embargo, dijo que desde su perspectiva se ha transformado mucho, porque ha intentado avanzar en el sentido de todo lo ya comentado, llevándolo a aspectos más concretos de la estructura dramática, buscando, en sus últimas obras, trabajar con la complicidad del receptor, con significados más abiertos en las situaciones y en los personajes.

Comentó que en su obra "El lector por horas", que montará en México Ricardo Ramírez Carnero, probablemente en octubre, dividió en España a la gente en forma sensible, tanto a los críticos como al público.

Por otra parte su más reciente texto estrenado en su país, "La raya del pelo de William Holden", está generando ambivalencias, pero él no pretende la unanimidad, cree que escribe desde donde necesita escribir y el resultado depende un poco de los dioses
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